1. Volver_Café con leche de avena: 4,60 euros

 

                           Café con leche de avena: 4,60 euros


1. Volver

El viaje no fue tan agradable como Claudia hubiera querido. De los dos trenes que tuvo que tomar, en el primero, unos niños se pasaron gritando todo el trayecto, molestando con sus juegos impertinentes, perturbando con esos llantos histéricos tan habituales de hoy el ambiente, ya de por si cargado en un vagón lleno hasta la bandera. En el segundo, no le quedó más remedio que compartir asiento con un rubicundo alto, gordo y de mal carácter. Uno de esos tipos oriundos que, por estética, tanto le gusta dejar su impronta racista cuando descubre de alguna manera que no eres de allí. Uno de esos que, encarnándose en oso grizzly, te dedica una miradita altanera como diciéndote: "Oye tú, que en estas aguas solo hay salmones para mí, qué haces aquí", para luego terminar con: "Este río es mío como lo son el reposabrazos donde intentas apoyar tu codo, el enchufe para cargar el móvil e, incluso, parte de tu asiento..." Y esto fue lo peor. Porque intimidada por la mirada tacaña del plantígrado, Claudia prefirió permanecer encaramada al otro lado de su sillón durante las tres horas y media que duró esta segunda parte. Una pequeña pesadilla que, sin embargo, no estaba dispuesta a que le amargara su contento, que estropeara la alegría que le daba la razón de aquel viaje: su regreso a Berlín. 

Después de tantos años, el azar la volvía a llevar a esta ciudad en la que había pasado parte de su juventud y de la que tanto había aprendido. No se trataba de la histórica Berlín dividida en dos, ni tampoco de la de la caída del muro, ella era bastante más joven, sino que sus veinte habían transcurrido en la ciudad de Goodbye Lenin, es decir, en esta que acogió su rodaje, estreno y éxito con una mirada romántica y nostálgica sobre el pasado, al mismo tiempo que  vivía llena de esperanzas el futuro; en las calles que transitaron la primera generación crecida en la nueva capital unificada, despreocupada y ya inmersa en la globalización y que, mientras se descargaba Goodbye Lenin en eMule, proyectaba en Berlín un ideal a partir de los aciertos y los errores del pasado que la película les enseñaba. Ese había sido su momento y ahora volvía, no al tiempo, pero sí al lugar.

Iba a trabajar, le habían ofrecido una excelente oportunidad en una editorial que, por casualidad, había leído algunos de sus textos y vieron negocio en ellos. Por eso, en el plazo de seis meses tenía que entregarles lo que, en palabras de Gaby, el agente que la contactó, iba a ser un baño en las plácidas aguas del éxito o, dicho de otro modo, el manuscrito de su primera novela. El contrato incluía manutención en una especie de residencia artística de escritores, así como un salario a cuenta de los beneficios futuros, por lo que, cuando Gaby le presentó la propuesta, no lo dudo un segundo, se despidió del bar de menús de mediodía donde echaba treinta horas a la semana y firmó. El dinero que iba a ganar de momento no era mucho y, además, tendría que volver a vivir con otras personas, pero, a decir verdad, si consideraba las penurias económicas y laborales que desde hacía unos años había tenido que soportar, no encontró nada mal aquellas condiciones, al contrario, más bien tenía la sensación de que la fortuna se había fijado en ella, que la ocasión por la que se había esforzado tanto por fin había llegado y, encima, como premio a una larga espera, lo hacía con el regalo de Berlín bajo el brazo. Por eso volvía con el corazón henchido y la cabeza llena de ideas. 

–¡Hijo de puta! –gritó el taxista a un ciclista que se había cruzado inesperadamente cuando la llevaba desde Hauptbahnhof. –¡La próxima vez no frenar y te matar! –continuó farfullando por la ventanilla del vehículo en un alemán de fuerte acento balcánico mientras el otro se alejaba ajeno. –Estoy harto extranjeros con bicicletas y patinetes, señora –se intentó justificar aún un poco excitado. –Esta semana morir tres, ¿sabes? No se puede conducir. No respetar norma. Esta semana morir tres –repitió.

–Vaya –dijo Claudia, intentando ser educada, pero sin ningún interés en lo que el taxista le decía. 

–Sí, vaya, vaya. No ser mismo ser extranjero y venir a trabajar, que ser extranjero turista. Yo venir trabajar y respeto normas.

–Tiene usted razón  –añadió ausente.

–Usted también es extranjera. ¿Turista o trabajar?

–Trabajar.

–Entonces, usted buena, usted respetar normas.

–Claro, yo siempre –y Claudia guardó silencio lo que quedaba de trayecto por miedo a que el conductor siguiera interrumpiéndole la contemplación entusiasta que mantenía y en la que, por causa del cansancio tras tantas horas de tren, absorta, miraba sin mirar y olía sin oler los paisajes nocturnos de la ciudad.

Finalmente, unos minutos más tarde, el coche paraba en el número 52 de la Anklamer Straße, justo delante de la puerta principal del edificio donde se encontraba el apartamento en el que tendría que vivir los próximos seis meses junto a otras promesas del negocio editorial.

 

 

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