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2. El contrato
–Entre Flores, Fandanguillos y alegrías nació en España la tierra del amor –comenzó a cantar Manolo Escobar, –solo dios pudiera hacer tanta belleza y es imposible que pueda haber dos —continuó retumbando su voz en las paredes del hasta entonces silencioso nuevo apartamento de Claudia, en el que dormía por primera vez. —Y todo el mundo sabe que es verdad y lloran cuando tienen que marchar…
–¿Qué pasa? –balbució la recién llegada aún sumida en un profundo sueño.
–Por eso se oye este refrán: “Qué viva España” –exclamaba el cantante con un cierto fondo metálico…
–¿Dónde estoy? –se preguntó confundida.
–Y siempre la recordarán: “Qué viva España…”
–Pero, ¿por qué está sonando el viva España?
–La gente canta con ardor: “Qué viva España…”
–¿Quién está ahí? Saltó entonces repentinamente de la cama, espabilándose y adoptando una postura defensiva de lo que se imaginaba que podía ser Kung Fu, y que deshizo inmediatamente cuando vio que lo único que ahí pasaba es que cantaba Manolo Escobar, sin saber de dónde venía ni por qué. Conque, sin confiarse del todo, puso ahora su empeño en localizar el origen de aquella canción que tanto la estaba exasperando. Así, la buscó y rebuscó, escudriñando el espacio con exactitud del mismo modo que se sigue una caravana de hormigas que desfilan por el aire, hasta que, por fin, dio con ella: salía del cajetín del timbre.
–La vida tiene otro sabor y España es la mejor. Entre Flores, Fandanguillos y alegrías –volvió a empezar la primera estrofa…
–Señora Vera –oyó en ese momento que alguien la llamaba desde el otro lado de la puerta. –Claudia, ¿está despierta?
Apenas podía verse una pequeña parte de su cara a través de la estrecha ranura que dejó libre cuando entornó la puerta. Ella, sin embargo, tenía una vista completa del hombre que la había llamado por su apellido. ¿Quién era? Bajito y calvo, vestido de manera elegante, con ropa deportiva pero formal, de tonos oscuros y, a decir por la calidad de los tejidos, cara, aquel extraño compensaba su poca altura con una expresiva y cálida sonrisa en forma de media luna cuyos extremos parecieran señalar sus ojos aguamarina, tan exclusivos como la ropa que llevaba.
–Buenos días, señora Vera –le dijo en alemán.
–Buenos días –respondió en el mismo idioma Claudia. –¡Por fin! –suspiro a continuación aliviada cuando dejó de escuchar la canción del timbre.
–Soy el señor Erzengel.
–¿Erzengel? Perdone, ahora mismo no caigo.
–¿Gaby? ¿El contrato…?
–¡Ah, Gaby! –Exclamó Claudia cuando le reconoció. –Perdone, señor Erzengel…
–Puedes llamarme Gaby si quieres –le interrumpió con simpatía.
–Claro… Pero pase… pasa… ¡No! ¡No pases! –prorrumpió al darse cuenta de que solo llevaba puesta una camiseta y la braga. –Tengo que vestirme, estaba durmiendo. Solo un momento.
–Por supuesto, no tengo prisa.
Rápidamente, Claudia se puso el mismo pantalón del día anterior y se recogió el pelo en una coleta mal organizada y abultada. Mientras lo hacía se rio al recordarse buscando a alguien hacía unos minutos. Se sintió ridícula, también torpe por no haber reconocido a Gaby Erzengel. –Coño –se justificó a sí misma, –qué voy a hacer, en las videollamadas parecía más alto… No te pongas nerviosa, tía –se dijo ahora en un esfuerzo de autocontrol. –Respira.
Unos instantes después, abría la puerta con una sonrisa esplendorosa, tan grande y expresiva, que carecía de seguridad o, al menos, eso es lo que pensó Gaby aunque, por supuesto, no dijo nada.
–¿Te ha gustado la canción del timbre? –preguntó en cambio.
–Si te digo la verdad, puestos a elegir clásicos, habría preferido que me despertara Marlen Dietrich.
–¿Ah, sí? Pues también la tienes en la aplicación de la residencia, la del móvil. Selecciónala y ya está. Puedes elegir el tono que quieras para el timbre. Todos están en el apartado “temas de timbre”. También le puedes poner el que quieras al despertador.
Gaby se quedó un buen rato. Fue para cerciorarse de que la española quería seguir adelante con la propuesta de la editorial y, así, solo en caso afirmativo, leer juntos y refrendar el documento de contrato que llevaba consigo y por el cual Claudia Vera Martínez, a partir de ahora Claudia Vera a efectos de impresión editorial, cedía a la editorial Azzo & Bernd GmbH los derechos de todo lo que escribiera desde la fecha de la firma hasta pasados seis meses, tiempo límite en el cual se comprometía a entregar el manuscrito de su primera novela. La propiedad intelectual, así como los derechos de edición y venta pasarían a ser de la empresa, sin que la autora pudiera reclamarlos. A cambio, se le ingresaría en su cuenta corriente el pago acordado en dos partes; uno, al comienzo de su relación empresarial con la editorial y, otro, una vez finalizada esta, es decir, pasados los seis meses. Igualmente, el primer día de cada mes, durante seis, se le haría efectivo una cuantía correspondiente a las dietas del mes en curso. Por su parte, Claudia Vera Martínez, se comprometía, en primer lugar, a guardar sigilo profesional y no hablar o revelar el tema ni el estado de su proceso creativo; en segundo, a no trabajar con ningún otro editor, así como con ningún grupo de creación literaria. También asumía entregar cada semana, al menos, diez páginas de su manuscrito cuya trama principal tenía que contener necesariamente sexo, terrorismo y superación personal, sin poder adoptar ningún posicionamiento político, salvo, eso sí, que el género elegido fuera una ficción distópica totalitaria o estuviera basada en un true crime. Por último, en caso de que la autora no cumpliese con cualquiera de estos puntos del acuerdo, así como con los quince siguientes, Azzo & Bernd GmbH reclamaría la indemnización económica que se reflejaba.
–Pero, es mucho, ¿no? –se atrevió a expresar asustada Claudia.
–Si no estás de acuerdo, no tienes por qué firmar.
–Claro que estoy de acuerdo –respondió Claudia con una sonrisa más tensa e insegura que la de antes. –Solo era un comentario sin importancia. Total, qué puede ser peor que volver a los menús de mediodía –pensó antes de estampar su firma sobre el documento.
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