3. La residencia_Café con leche de avena: 4,60 euros
3. La residencia
Claudia sabía que, a los alemanes, en general, les iba eso de ayudar lo mínimo posible a fin de que la persona desarrollara su autonomía y, así, se fortaleciera su autoestima para que, a través de ella, se asentara su sentido del individualismo, de todos los valores, el más sagrado para ellos. Por eso, no se tomó a mal que Gaby, una vez firmado el contrato, saliera por dónde había entrado sin más indicaciones que la del trastero que tenía a su disposición en el sótano, y la dejara sola en aquel hierático y frío apartamento-dormitorio que la editorial le había asignado. Así, sin más opción que la de conocer por ella misma el edificio, se duchó, deshizo la maleta, acomodó sus cosas, se puso esa camiseta que pensaba le traía buena suerte y salió a ver si, entre otras estancias, encontraba donde desayunar.
Al cabo de un rato, cuando ya refunfuñaba recorriendo una amalgama de pasillos y semi escaleras que no la conducían a ninguna sala común, se topó con un agradable olor a café que salía del otro lado de una puerta, la única que, para su sorpresa, hasta el momento encontró abierta. —Tiene que ser la cocina —se dijo. Sin embargo, al entrar, la primera impresión que se llevó la descolocó aún más de lo que venía tras tanto paseo a ninguna parte pues, sufriendo una especie de stroop, creyó estar en un salón de peluquería en lugar de donde, en un principio, pensó haber llegado. Un puñado de cabezas tatuadas, rapadas, con crestas, flequillos, moños y trenzas multicolores, principalmente fosforitos, de quienes suponía eran sus compañeros de residencia, contrastaban en aquel espacio grande, bien aireado e iluminado, pero también frío y que, finalmente, resultó ser la cocina. Un lugar carente de decoración y elementos orgánicos donde el cemento, el acero y el cristal predominaban como en el resto del edificio, sin más expresión que los ángulos en los que convergían la superposición de rectángulos. Era fea, sin duda, aun así, gracias a las cabezas multiformes que se desperdigaban delante de ella, el espacio se vivificaba, incluso, se volvía acogedor.
—Hola, buenos
días —saludó Claudia en alemán. Pero ninguno de los que estaban allí contestó
ni levantó un ápice la cabeza del ordenador que miraban con avidez.
—No te preocupes —le dijo entonces Dhriti, la única que, además de destacar
por haber preferido dejar su pelo sin tocar, conservarlo como era, una
abundante cabellera azabache que le rozaba los hombros, se dignó a hablar con
ella en inglés. —Parecen un poco maleducadas —continuó, —pero solo están
cultivando ese puntito engreído de escritor de bestsellers... Ya sabes, por si sucumben a la tentación. ¡Ey! —gritó
entonces con fiereza y dando un golpe seco en la mesa, tan fuerte que hizo
vibrar hasta los paneles de vidrio de las paredes. —Pero ¿es qué no veis que
tenemos compañera nueva? Levantad al menos vuestras estúpidas cabezas, que con
lo que tienen dentro tampoco es que pesen tanto. Ahora —le indicó con dulzura a la
recién llegada una vez que todos la miraban, —diles cómo te llamas.
—Soy —balbució roja como un tomate… —Me llamo Claudia.
—¡Hola, Claudia! —corearon los presentes al unísono mirándola fijamente, anclados a sus sillas, sin moverse ni añadir nada más.
Por lo general, a Claudia no le gustaba ser el centro de las miradas y, si la forzaban como acababa de hacer aquella hindú transgénero que decía llamarse Dhriti, menos aún. Seguro que lo había hecho sin ningún mal propósito, solo por empatía, por un carácter hospitalario o porque entendería lo que era dar un primer paso ante los demás. Pero, fuese por lo que fuese, el caso era que le acababa de hacer una putada convirtiéndola en el objeto de atención de ese grupo de desconocidos que continuaba mirándola sin decir ni mu y que provocaba que los segundos siguientes le parecieran interminables, una eternidad, la cual fue incapaz de atajar porque, para colmo, un rosario de frases imaginadas en boca de los que la estaban escudriñando de aquella manera tan intensa empezó a taladrarle la cabeza angustiándola todavía más. “Y esta quién es”, “Una más que se cree mejor que nosotras”, “Aquí no te vas a comer una rosca, guapa”, “Ni te acerques a mi ordenador, que te rajo”, “Vuélvete a tu país a servir menús”, “Ya está aquí la Virginia Woolf de turno” o “Te vas a morir de hambre” eran parte de la retahíla que se amontonaba en su pensamiento, una serie de voces que salían del otro equipaje que Claudia había traído consigo, el de sus miedos y complejos, y que nadie, excepto ella, oía.
—Pasa —por fin rompió el silencio con simpatía Jarek, un joven polaco de la pequeña ciudad de Tarnów. —Siéntate aquí, hay una entrada libre —le dijo con guasa.
—Eso está mejor —continuó Dhriti.
—¿Quieres una taza de café? —se levantó Theresa, la brasileña, yendo hacia la cafetera. —Justo ahora me iba a preparar uno.
—Un café me vendrá bien —respondió Claudia.
—Claro que sí —añadió Dhriti. —Yo también me tomo uno contigo. ¿Alguien más quiere algo?
Pasados unos minutos, todos charlaban distendida y amigablemente en torno a una mesa de madera avejentada llena de tazas, jarras de té y café, cucharillas, diferentes mermeladas, mantequillas, tipos de pan, aceitunas, tomates y frutos secos, así como algún que otro paté. Y lo mejor era que todo aquello iba a cuenta de la editorial. O, al menos, eso es lo que pensó Claudia que, más tranquila, sin las voces de sus fantasmas rondándole por el pensamiento, pudo prestar atención, no solo a lo que se decía alrededor de la mesa, sino también a todo lo que se callaba y, sin embargo, sucedía. Por ejemplo, esa mañana, supo que Theresa la brasileña, más allá de venir de Sao Paulo, llevar un mes y medio en la residencia o tener una hermana gemela con la que no se hablaba desde que esta se afilió al partido de Bolsonaro, estaba enamorada de Karen, una inglesa muy varonil, escritora de teatro, que había preferido sustituir el pelo por un tatuaje en su lustrosa cabeza de billar en la que se podía leer: fuck you, Madam Buterfly! O que Wendy, una estadounidense de Michigan, risueña, sociable y operada hasta las cejas, además de ser adicta a las cartas del tarot, lo era al alcohol pues, solo en el rato que estuvieron charlando, se bebió tres vasos de vino, acompañado de pan y mermelada de melocotón.
—El alcohol no me impide cumplir con mis compromisos editoriales, ¿sabes? —le dijo mientras se llenaba la tercera copa.
—Qué suerte —respondió Claudia, sin saber muy bien qué decir.
Luego estaban los dos hermanos senegaleses de Dakar, que escribían juntos. Él, Mady, tenía una sonrisa generosa y divertida, y se veía que le gustaba llamar la atención porque no paró de decir chorradas una tras otra ni de elevar el volumen sin venir a cuento, eso sí, siempre con su sonrisa encantadora de serpientes. Ella, Kine, por el contrario, era más austera. Seria y callada, más o menos como un criador de cuervos o un enterrador, observaba a todos sin perdonar a nadie, con un reflejo metálico en su mirada que daba escalofríos y un tono de suficiencia en su voz que cuando decía “sí, gracias” o “no, gracias”, las únicas palabras que salieron de su boca, daba miedo. La editorial los contacto en Francia, donde vivían desde hacía varios años, a través de un concurso de cuentos góticos que no ganaron, pero que les sirvió para mostrar su agilidad a la hora de crear historias oscuras porque, según habían valorado los que se fijaron en ellos, ambos escribían con gran creatividad, fluidez y compenetración, lo cual no le sorprendió a Claudia, a decir por el juego de piernas que observó discretamente se traían por debajo de la mesa y por el cual, más que hermanos, parecían ser amantes.
También estaban los dos activistas del grupo, Walter, el colombiano de Medellín y Janek, el dicharachero polaco que rompió el silencio. Los dos, pareja una semana después de que llegara Walter a la residencia, estaban muy comprometidos con sus respectivas causas. La del primero era la medioambiental, de la que escribía, la del segundo la de los derechos de la comunidad lgbtiq+ en Polonia. Walter era muy celoso y enseguida se ponía a gritar como un loco cada vez que había creído ver a Janek tocar o mirar más de la cuenta a otro hombre. Por eso, aquella mañana, Claudia tuvo la oportunidad de presenciar ya un primer escándalo de Walter de los muchos otros que le sucedieron. En esta ocasión, Janek, seguro que para despertar los celos de su novio, a decir por su sonrisa de Mona Lisa, había frotado afectuosamente la atractiva espalda de Luca, el italiano de Bolonia, reconocido poeta como ninguno entre los que allí se encontraban, pero también bastante charlatán, vanidoso y presuntuoso que, encima, no paró de hablar de los polvos que había echado la semana pasada.
Finalmente, el círculo lo cerraban Sandy de Nueva Zelanda, alérgica a los kiwis; Fatiha marroquí de Casablanca, casi con el estatus de refugiada política por defender sin tapujos la independencia del Sahara Occidental; Itsuki, japonés de Osaka, asexuado, que pasaba las tardes buscando inspiración en los kneipes, las tabernas alemanas y Dhriti, la introductora, la que cogió de la mano a Claudia y la plantó a la fuerza en medio de la cocina, a su pesar; la que, todavía sin saberlo, se convertiría en su mejor amiga, en el sostén de aquellos días de Berlín en los que las dos aprendieron a ser escritoras, eso sí, pagando un alto precio.
Dhriti venía de la India, concretamente del sur, de la región de Kerala. Sin duda, era la más educada y afable de la residencia, y daba la impresión de no guardar ningún rencor a nada ni a nadie; también de ser tan transparente como la elocuencia que mostraban sus profundos ojos negros y tan verdadera como la atención que prestaba cada vez que alguien le hablaba. Dhriti no nació con sexo de mujer, sino de hombre y hasta los diecinueve años se llamó Abdul. Su transición, como la de tantas otras personas en sus mismas circunstancias, no fue fácil, pero, eso sí, gracias a su carácter, supo hacerlas algo más llevaderas. De hecho, con el tiempo, fue precisamente esto lo que Claudia más acabó admirando de ella, su capacidad de hacer de la necesidad virtud, quizás, porque carecía de esta cualidad, a pesar de que se esforzaba en tenerla y abandonar de una vez esa tendencia a hacer de todo un drama, un ahogo, como si detrás de cualquier contratiempo no hubiera una solución posible, solo un muro contra el que darse. Por eso, desde las primeras palabras que cruzaron las dos jóvenes, una vez estuvieron sentadas en la gran mesa de la cocina, una vez que se olieron con el olfato de la intuición, sintieron una simpatía extraña la una por la otra, una atracción inducida por la compasión, en el caso de una, y la admiración, en el caso de la otra.
—¡Mierda! —exclamó Wendy cuando tiró sobre Kine la cuarta copa de vino que se acaba de servir. —No me mires así, ¿vale? —se quejó la de Michigan atemorizada al ver que la chica ni siquiera movió una pestaña salvo para incorporarse con una languidez mortuoria sin quitarle los ojos de encima. —Seguro que ahora la negra me echa alguna maldición —continuó murmurando. —Dios mío, lo que me faltaba...
Con la sola buena voluntad de quitarle importancia, todos se levantaron para ayudar a la senegalesa a limpiarse la gran mancha de vino que cubría su ropa blanca y, de paso, recoger el estropicio que se había organizdo en la mesa. Así, poco a poco, la reunión fue apagándose y los presentes fueron abandonando la cocina hasta que solo quedaron Dhriti y Claudia.
—¿Y significa algo Dhriti? —le preguntó Claudia sirviendo un poco más de café. —Sé que en la India los nombres suelen tener traducción.
—Sí, así es. Dhriti significa mujer fuerte.
Entonces, Claudia se la quedó mirando fijamente sin decir nada, callada y entendiendo la sinceridad y el peso que encerraba la elección de un nombre como aquel.
—Bienvenida —le dijo a continuación la hindú con una franca sonrisa.
—Gracias —reaccionó la española con la misma sinceridad. Y las dos brindaron con sus tazas.
Comentarios
Publicar un comentario