4. Tacheles_Café con leche de avena: 4,60 euros


4. Tacheles

—Son cuatro con sesenta —le soltó el camarero.

—¡Cuatro con sesenta! —exclamó Claudia escandalizada.  —¿Por un café con leche de avena?

—Sí —respondió orgulloso aquel pelirrojo pecoso con aires de recién caído de la cama. —Estamos en Berlín —sonrío con una expresión bobalicona, —es lo normal. 

—Lo normal —repitió Claudia antes de darse media vuelta dejando al chico con el café en una mano y el recibo de la cuenta en la otra.

—¡Ey! —exclamó este al verla alejarse. —¡Tu café! ¡Tienes que pagarlo!

—El café te lo bebés tú y, si no te gusta, te lo metes por el culo —respondió mientras alcanzaba la puerta haciéndole una peineta bien tiesa.

Pero, a punto de salir del café, Claudia notó que algo le rozaba el cuello, miró de reojo y encontró la mano moteada de pelo-zanahoria a punto de cogerla por el cuello. 

No podría explicar cómo lo logró, pero el caso es que de pronto se vio contorsionándose como una liebre esquivando las garras de una rapaz para, en un momento, encontrarse fuera corriendo todo lo rápido que sus piernas le daban mientras pelo-zanahoria la seguía por detrás gritando: “¡Ladrona! ¡Págame el café!". Sin embargo, no frenó ni nada se interpuso entre su vertiginosa huida, nada se interñni los charcos, ni los coches que la pitaban, ni los turistas con sus patinetes, nada. Así, al ver que ya no había rastro de su perseguidor, paró. 

Casi sin aliento, dando vueltas en cortas idas y venidas, apuntando la nariz hacia el cielo para inhalar todo el aire que era capaz y calmar la brusquedad de los pálpitos del corazón y los golpes de la sien, se dejó caer contra el escaparate de una inmobiliaria. En esa posición permaneció un rato, se quedó así, como inmóvil, solo observando la ciudad que sucedía delante de ella. ¿Qué había pasado en Berlín en los últimos años? La veía cambiada, quizás demasiado, como si la ciudad hubiera dado una pirueta y hubiese renunciado al cambio natural de los años, a su desarrollo lógico. Sentía un aire nuevo, pero forzado y por eso no le gustaba. Además, ¿qué había sido eso de que el capullo pelirrojo aquel le quisiera cobrar por un café con leche cuatro euros con sesenta? —Pero lo peor ha sido que, durante el tiempo que he hecho la cola, no he visto a nadie que le importará pagarlo. Cuatro euros con sesenta por una taza de café y parecía estar normalizado a decir por la sonrisa etrusca de todos los clientes de aquel bar, ni siquiera un ceño fruncido parecían estar alienados. 

Ya le había parecido ver algunos precios altos pasando por algún restaurante o cafetería, pero había creído que eran casos puntuales y que, aquella, a la que entró, al tener un aire más rancio y antiguo, sería un lugar de los de siempre. Pero estaba visto que se había equivocado y cuatro euros con sesenta era un caso general y no particular. La explicación de aquel abuso, de todo ese cambio que observaba había sufrido la ciudad y tenía que aceptar por mucho que le molestara, la tenía delante de ella. Se encontraba en Oranienburger Straβe, frente a la Casa de las Artes Tacheles, el antiguo edificio ocupado por artistas de todo el mundo y considerado como un símbolo libertario. Sin embargo, para el asombro de Claudia, los talleres de arte que la ocuparon y la hacía un lugar único en el mundo, habían sido desmantelados, eliminados para reconvertir todo el inmueble en un bloque revestido de acero y cristal oscuro en el que alojar un puñado de negocios y viviendas de lujo; una especie de islote frío y solitario, de urbanización fantasma; el escenario perfecto para una película futurista de terror. Todo rastro humano había quedado destruido junto a los lienzos y las esculturas. Aun así, no era el único lugar de Berlín que había visto correr esa mala suerte. En los días que llevaba allí, durante los paseos que se había dado, había visto que, como si de un efecto dominó se tratara, muchos espacios de la antigua parte oriental también estaban siendo desmantelados, cambiados substancialmente sin dejar ninguna huella testimonial. Por ejemplo, la gran área verde y despejada colindante al antiguo muro, conocida por East Side Gallery, que, tras su caída, también se había convertido en un lugar donde se daba voz y visibilidad al proyecto humanista que se aspiraba para Berlín, ya no existía. En su lugar, una cortina de acero, ahora física, no metafórica como lo fue durante la guerra fría, corría por la ribera del río sobresaliendo de todo lo demás. Un telón entretejido de caros hoteles, viviendas y oficinas cuyo único propósito no fuera más que mostrar quien había ganado la partida y, por supuesto, tenía la sartén por el mango: el capitalismo. Así, en East Side Gallery especialmente, todo lo que no formara parte de él no se le permitía su existencia ni tampoco su recuerdo.

—Tanto tienes, tanto vales —masculló Claudia antes de irse. —Y pensar que un día creí que esta ciudad se libraría.

 

esa que cada día te recuerda lo de tanto tienes tanto vales y si no tienes, pues te jodes, pero porque quieres, ¿eh? Porque aquí emprendedoras somos todas y “you can do it” y si no lo haces es porque no quieres, maja”.

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